26 ago. 2011

La Flagelación Romana. !!




La flagelación romana fue una tortura sin parangón. Codificada por las leyes Porcia y Sempronia como pena en sí misma o accesoria –por tanto, con procedimientos e intensidades diferentes según el crimen cometido–, no se podía aplicar, salvo excepciones gravísimas, contra ciudadanos romanos. Respecto a su duración y violencia –al contrario de la ley judía, que señalaba un máximo de treinta y nueve golpes– no había límites, dependía de la decisión del juez.
Los ejecutores, que aplicaban unas técnicas verificadas por la experiencia, se llamaban lictores: eran la escolta de los magistrados en cada una de sus funciones y de sus movimientos públicos, dos para las magistraturas inferiores, doce para los grados supremos. Llevaban el célebre haz de varas, hechas con madera flexible y delgada –fresno, sauce, abedul– y atadas a un hacha mediante una correa roja: las virgae para castigar; la securis, para matar.
El castigo se ejecutaba en público, y de manera espectacular. El hecho es que se podía llegar a morir como consecuencia de ello: por los traumatismos tan repetidos y violentos, por la impresión, por la fuerte hemorragia, por posibles lesiones internas, por el camino abierto a toda clase de infecciones.
La flagelación era, de por sí, algo ignominioso. Gessio Floro, el estúpido y cruel sucesor de Pilato, bajo Nerón, mandó flagelar ilegalmente a dos judíos amparados en la ciudadanía romana, atizando así en Jerusalén el odio que unos meses después estallaría en una revuelta generalizada.
En el orden militar, las leyes eran otras. La flagelación con varas, hasta la muerte, con un dispositivo de castigo espectacular y tremendo, estaba reservada a quienes, de alguna manera, habían quebrantado la inexorable regla de las legiones: ni rendirse ni huir. Apio Claudio, tras capturar a unos desertores, mandó atarlos y azotarlos hasta que cayeron muertos. Lo mismo hizo Escipión: capturó a los jefes del ejército que se había amotinado contra Suero y mandó que los desnudaran, los ataran a unos palos y los azotaran hasta morir.
Pero, gracias a las descripciones o los hallazgos encontrados en las catacumbas de Roma, han llegado hasta nosotros los instrumentos –mucho más crueles– que estaban reservados a los esclavos y a los grandes criminales: el flagrum taxillatum y el plumbum o plumbata. Unas sólidas empuñaduras mantenían juntas dos o tres cuerdas o tiras de cuero, cuyo peso era aumentado con plomo. A veces, se trataba de trozos de cadena o de otras cosas más, según los tiempos, el grado de sadismo, o la intención punitiva y de escarmiento. El flagrum, como castigo clamorosamente político, fue infligido con bárbara solemnidad a enemigos y revoltosos. Ciertos muchachos, hijos de nobles familias tarentinas, que habían sido capturados como rehenes, intentaron fugarse, pero los cogieron y, antes de matarlos, los desollaron con el flagrum.
Las Acta Martyrium, en las historias de Juliana, Cristóbal y Callinico, que fueron sometidos a este suplicio, describen el sadismo de los nuevos instrumentos. Nos han llegado las palabras de un juez cruel: «…que su espalda sea herida por golpes repetidos, sin pausa; que su nuca sea golpeada por el plomo y que se hinche hasta reventar...»
Esta cruel tortura siguió vigente durante todo el Imperio. Con el tiempo, este suplicio se hizo cada vez menos frecuente. La sensibilidad iba cambiando. «Por la crueldad de los ejecutores –comentará con compasión el jurista Ulpiano siglos después–, muchos, bajo una flagelación de ese tipo, perdieron la vida». En el proceso de aquel viernes de abril, entre las muchas oportunidades que la ley le ofrecía, el procurador Pilato eligió el flagrum.
Los médicos forenses y los estudiosos que han analizado el horrible cuadro de la Sábana Santa, concuerdan en algo que tiene un gran significado traumático y, como veremos, histórico: los golpes son por lo menos un centenar, puede que más.

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